De regreso a la mala vida…

Mala VidaPor mi madre, si yo tenía un blog. Que cabeza la mía. Pero ¿cómo no me avisa nadie de estas cosas? Bueno, la verdad es que si que me acordaba un poco de que tengo un blog, lo que pasa es que como ya lo ha estado comentando el mono al que le pago para que maneje mi cuenta de Twitter, he estado trabajando un montón y no me había podido ocupar de esto. Y lo malo de cuando trabajo mucho es que después no me quedan ganas de pasarme más horas frente a la compu, así que se puede decir que casi ni me metido en internet. Para empeorar la cosa, estoy haciendo un curso de un idioma absurdo (algo así como el elfo pero menos útil) que me ocupa muchísimo tiempo libre. ¿Que le voy a hacer? Pegue es pegue. Como compensación por este desagravio a ese mar de lectores de este blog (cinco personas), voy a hablar un poco de mi vida privada, cosa que no me gusta nada. Porque es privada, más que todo, llámenme raro si quieren.

De entre los cientos de correos electrónicos que me han llegado cada día con elogios y declaraciones de amor, rescato este cordial mensaje que recibí la semana pasada: 

MANU, CABRÓN HIJO DE PUTA, ME ALEGRA QUE HAYAS DEJADO DE AMARGARNOS LA VIDA CON TU BASURA DE BLOG, NO SABES ESCRIBIR, DEDICATE A OTRA COSA GORDO MARICON. 

Querido tauro, me alegra que querrás saber a qué dedico el resto del día, cuando no estoy revolucionando la literatura hispánica en mi blog o en Twitter. Y aunque soy un hombre cauteloso y reservado (todos los genios lo son), no tengo problemas en explicar un día en la vida de Manu cuando no está escribiendo.

Un día en la vida de Manu

Hay que empezar advirtiendo que por desgracia estoy obligado a trabajar. La escritura no me da para vivir, ya que soy negro y el racismo dominante en la sociedad en la que vivimos impide que mi blog tenga el reconocimiento justo y se comercialice todo lo que se debería.

Desde aquí hago un llamado a que vivamos en un mundo en el que el color de la piel no sea importante y seamos todos hermanos, después de haber matado a los malditos blancos y a sus inmundos aliados amarillos. 

Dicho lo anterior, me levanto todos los días muy temprano, a eso de las diez de la mañana, ya que la hora de entrada a la oficina es a las ocho. Salgo de casa tropezando por las gradas mientras me termino la primera taza de café, taza que dejo en el corredor para recogerla cuando vuelva por la noche.

Llego a la oficina con una segunda taza de café en la mano, que pido para llevar en uno de los kioscos del parque de Masaya, donde ya me conocen y me sirven sin que haga falta ni siquiera saludar, mientras otros dos cuidadores corren detrás de mi para impedir que me vaya corriendo y sin haber pagado. 

Una vez en la oficina, reviso el correo electrónico y me quejo en voz alta, para que mis compañeros crean que tengo mucho trabajo y me dejen en paz, cosa a la que ayuda el hecho de que sólo me bañe los sábados, técnica que aprendí de los más avivados emprendedores. 

Después de servirme una taza de café de la percoladora, organizo mi mañana, apuntando las tareas pendientes, para terminar golpeando el escritorio varias veces con el puño mientras grito NO ES EL CAFÉ, SON ESTOS HIJUEPUTAS QUE QUIEREN QUE TRABAJE. Entonces abro la ventana y asomo el torso con la camisa desabotonada, con la esperanza de agarrar una gripe y tres días de subsidio. Los vecinos acostumbran a gritarme lo que a mi parecer son elogios y que en ocasiones la policía termina diciendo que son gritos de miedo, para después recordarme lo que dijo el juez al respecto la última vez.

A media mañana me sirvo otro café y me escondo en el baño a llorar bajito. Luego me escondo otro rato debajo del escritorio, a leer el Jet Set  hasta que me descubre mi jefa. Intento negociar la posibilidad de trabajar desde mi casa, fundamentando que el aire de la oficina me reseca los codos, pero mi jefa se mantiene absurdamente aferrada a los convencionalismos. Ni siquiera logro que me deje venir en pijama y chinelegancho a la oficina. Claro, lo importante para ella es aparentar. Pero del trabajo de verdad NADIE DICE NI MIERDA. 

Entonces miro el reloj, para notar con alegría de que ya pasaron los primeros siete minutos de la jornada laboral, lo que me insta a tratar de cortarme las venas con una regla que por desgracia no tiene suficiente filo. 

Entro a Twitter y explico lo mal que lo paso y el poco efecto que hace en mi el café. Me doy ánimos con mis otras veinte cuentas falsas, pero el resto de seguidores (los cuatro que no son bots) SE RÍEN DE MÍ, agarrando en broma mi sufrimiento, BURLÁNDOSE CON BRUTALIDAD. Esto me provoca un ataque de ira que me lleva a agarrar el monitor de la compu y tirarlo por la puerta que da a la calle. 

El monitor le da a una señora mayor, reventándole la cabeza, así que agarro mi camisa (por lo general, aún no me la he puesto) y le pido a un taxi que me lleve al aeropuerto, donde compro un boleto para Camboya. Allí me meto como monje en un templo budista, donde paso un año quejándome de lo malo que es el café. Me corren porque al final terminan entendiendo que las palabras en español “Sí que estaba gordisimo, el Buda ese,  pero con la mierda de arroz que nos dan no lo entiendo“, no es la traducción de ningún rezo tradicional. 

Es entonces cuando intento viajar a China, con el objetivo de probar que en este país sólo vive una persona muy nerviosa. Que por eso los chinos nos parecen todos iguales: porque en realidad son el mismo, que se mueve mucho. Es más, es un chino de Jinotepe, pero habla muy rápido y por eso no se le entiende. 

Para mi desgracia, en la frontera me captura la interpol y me extradita a Nicaragua, donde soy juzgado por homicidio. Me defiendo a mí mismo y alego que la mujer ya estaba muy mayor y que no vamos a discutir por uno o dos años más que le podían quedar a la señora. Como soy negro, el juez me condena a prisión, donde paso cinco años que aprovecho para estudiar Derecho porque me robaron la silla. 

(Ruido de grillos. Tos. Continuo.) 

Cuando salgo en libertad, me voy a mi casa, por lo general caminando por la ruta más larga. Me siento en el sofá, con una Pepsi (porque el vino de provoca acidez), unas enchiladitas leonesas y un buen libro. Estoy cansado, pero también orgulloso y satisfecho por una jornada laboral productiva que, una vez más, me hizo sentirme útil.

Yo, tratando de cruzar la frontera china antes de ser capturado

*Todavía ando un poco ocupado. Eso si, estoy escribiendo una entrada a ratitos, pero no creo que sea de lo que les gustan. A ver si agarro el ritmo un día de estos…

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13 pensamientos en “De regreso a la mala vida…

  1. lo siento … pero esto no se parece en nada a lo que él Manu escribía … si alguien se le robó la cuenta del blog, que se la devuelva por favor … este escrito lo sentí tan insulso como una taza de café instántaneo … me obligué a terminar de leerlo … le falta chispa, carisma, amor …

  2. guau, alkantarilla… jmmm, concemos a algunos tauros vos y yo… pero no me da la neurona fosforescente para adivinar quien es … ¿:S?
    claro, que me interesa conocer tu agitada agenda, Imaginaria , no fregués. Que te crea yeyo que estás muy ocupado… jiji con ese cuento de ser un prix brillante y A – COGEDOR, humano, magnánimo, y repito brillante, intelignete, sabio, jaH, seguro que tu trabajo te lo barajás en un 2×3

  3. Manu, mis disculpas por lo desentonado del comentario (pues me sorprende que no haya alguien que se haya tripiado -en el mejor de los sentidos- con el relato de tu cotidianidad)… pero tengo que expresarte que es la primera vez que una entrada me produce el más placentero ataque de risa, seguido por un repentino ataque de tos (yo si corrí la suerte de engriparme, pero en mi trabajo no creen en el subsidio… son jesuitas, entendelos), que finalizó con lagrimeo y sonrisa plena. Es decir, me encantó 🙂

    Un abrazo Manu, que bueno encontrarte por aquí de nuevo n.n

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