Se llamaba Ainhara

Cuando la conocí, yo acababa de salir de una relación larga y accidentada, no estaba buscando a nadie. Mi definición de relación larga en aquel período era toda aquella que pasaba de los nueve meses y no llegaba al año.

Cuando llegó a la oficina destacó de inmediato. Se dedicaba a algo relacionado con el diseño gráfico, razón por la cual, la jefa de recursos humanos y el director pasaron por alto lo excéntrico de su imagen. Imagino que incluso pensaron que le daba un toque “cool” a la empresa. Para mí no era “cool” en lo más mínimo, más bien parecía que había salido de un bar de motociclistas. Aquí supongo que tengo que decir que a mis compañeros les pareció una chavala muy guapa. Bueno, así es como lo voy a decir yo. Ellos utilizaron otro tipo de expresiones acompañadas por lo general con gestos bastante gráficos. Eso sí, lo primero que supimos de ella es que era llamativa. Lo segundo fue que no le gustaban mucho las aclamaciones a su belleza. Al menos no en las formas en las que acostumbraban a hacerse en mi oficina (un antro casi, casi exclusivamente masculino más saturado de testosterona que el salón de pesas de un gimnasio). Y que, a ella tampoco le importaba utilizar el lenguaje de un modo creativo para cortar esa conducta. Por lo que me dijeron, sus respuestas iban de lo ingenioso a lo feroz, pasando por algunas expresiones que habrían hecho sonrojar al más vulgar de los camioneros. Asumo que eso desanimó a la mayoría de mis compañeros, aunque un par de ellos siguieron intentándolo no sé si por la emoción de aprender nuevas expresiones que poder utilizarlas después en el bar.

Se ganó casi inmediatamente el sobrenombre de “La Ruda”, yo inocentemente lo atribuí a su aspecto. A los días alguien empezó a decir que era porque si a ella le parecía que la habías quedado viendo mal era capaz de arrancarte la cabeza. La gente es así de simple.

Por lo demás, a pesar de que no era mucho de “mi tipo”, tengo que reconocer que la chavala cuando estaba callada (es decir, cuando no estaba soltando su veneno por la boca) era bastante atractiva. No, esperen… más bien tendría que decir muy linda, teniendo en cuenta que lo era de un forma completamente natural (y casi diría que a su pesar) ya que no se molestaba lo más mínimo en destacar su belleza. Llevaba el pelo larguísimo, le llegaba casi hasta el final de la espalda de un color castaño casi negro, que parecía liso natural, era difícil imaginarse a esa mujer levantándose antes de lo normal para alisárselo sólo para tener mejor aspecto. Sus ojos eran color miel y era bastante alta. Su piel tenía un color bronce bien bonito y un tatuaje bastante grande que comenzaba en el hombro y se perdía debajo de la camiseta (¡Mujeres, con tatuajes no que me enamoro!). No voy a hablar de sus curvas porque me parece que es incorrecto. Me voy a limitar a decir que estaban ahí, y en las disposiciones adecuadas. Nunca se maquillaba y su modo normal de vestir eran unos jeans negros gastados y rotos, camiseta negra sin mangas, botas de montar y chaqueta de cuero. En alguna ocasión le vi cambiar los jeans negros por otros azul claro y la camiseta por otra parecida pero blanca y acepto que a pesar de la ausencia de derroches estilísticos, era difícil resistirse a seguirla con la ojos.

Yo la verdad es que siempre guarde la distancia con ella. Su trabajo no tenía nada que ver con el mío, por lo que era difícil que nos cruzáramos más allá de alguna vez en la fotocopiadora o en la cafetera. No tuve ningún interés en jugar al mismo juego que mis compañeros y la verdad es que mi trabajo me absorbía demasiado en aquel momento ¿o yo quería que fuera así? Una vez, coincidimos en la cafetera. Yo creí que nos íbamos a limitar al original “hola” de cortesía.

-¿Se puede saber por qué usted no ha intentado nada conmigo? (Olvide mencionar que esto me sucedió mientras viví unos meses en Costa Rica por allá por el 2007. Ya más o menos sabrán que allá se utiliza el “usted” en vez del “vos” o del “”)

-¿Yo? Pues, no sé, la verdad. Supongo que no sos mucho mi tipo -me quedo viendo detenidamente como si no supiera como tomar aquello.

-¿De veras? -pareció dudar.

-Creo que no. Demasiado agresiva. Yo he visto como tratas a mis compañeros.

-Sus compañeros son unos idiotas -no pude evitar reírme.

-En eso te doy la razón. Yo al menos no tengo que estar aguantando que me acosen- Esta vez fue ella la que se puso a reír.

-¿Entonces usted no va a intentarlo?

-No, quedate tranquila, en serio. Creo que con ellos tenés suficiente -me estudió otra vez como si no supiera en que especie encasillarme y se fue con su café.

En los días siguientes cuando nos cruzábamos empezamos a hablar algo. A menudo comentarios ligeros. A veces bromas tontas. Finalmente un día se plantó frente mi mesa.

-¿Manu, usted tiene algo que hacer el viernes?

-Bueno… -dudé un poco- Tengo un par de películas para ver. ¿Por qué la pregunta?

-Se viene conmigo entonces. Lo espero a la salida del trabajo. Y no hace falta que lleve carro, yo manejo -y se fue sin darme tiempo de decirle que de todos modos, no tenía.

El viernes cuando apareció, me dio algo parecido a una bacinilla pero de color negro mate y con una cruz gris estampada que me parecía vagamente haberla visto en alguna vieja película de guerra.

-¿Y esto qué es?

-Su casco. Espero que le guste.

-¿Vamos en moto?

-Claro. No me va decir que le da miedo…

-Ok, no te lo digo.

Cuando termino la jornada me llevó al estacionamiento de la empresa.

-¿Tenés tu propio lugar donde estacionar? Pero si sos la última que llegó…

-No, lo que tengo es una tarjeta de estacionamiento que nadie reclama. Bueno, ¿está listo?

Foto alegórica

-Creo que no -cuando vi que su moto era algo más grande de lo que esperaba. Bueno, ya había supuesto que no manejaría una scooter, pero no estaba seguro de que una mujer de su peso fuera capaz de manejar aquello, y menos conmigo encima. Claro, no se lo dije.

-Bueno, pero no corras mucho, no tengo tanta confianza con vos como para que me escuches gritar como niña -esa idea pareció hacerle gracia.

Me llevó a un bar ante cuya puerta había un muestrario completo de motos, donde todo el mundo parecía que la conocía y muchos de los clientes la saludaban chocando el puño con ella. También noté como varios de ellos me miraban con desconfianza. Cuando nos sentamos, vino una chela de pechos grandes a tomarnos la orden.

-A mí me da un tanque y un tequila. ¿Usted que va a tomar?

-Una Pepsi, gracias -las dos me miraron con cara de asombro. -Bueno, no soy mucho de beber ¿pasa algo?

La chela se dirigió a ella y le dijo: “Amiga, cada vez trae a gente más rara”.

-Ya lo digo yo…

Bueno, al final sí que me tomé un par de cervezas. Y creo que un par de tequilas, también. La verdad no recuerdo todo de esa noche. Solo sé que cuando nos levantamos para irnos a la casa me dijo:

-¿Hay alguien a quien tenga que avisar de que no va a dormir a la casa?

-No, vivo sol… ¿no voy a dormir en mi casa?

-No. A menos que eso sea un problema.

-Tenés una manera rarísima de decir las cosas, sabés ¿Ya no se acostumbra preguntar antes si tengo novia o algo así?

-A mí no me importa si usted estás casado o  si vive con su mamá. Hoy ya bebí demasiado y no me da la gana de llevarlo hasta su casa. Lo único que no quiero es que alguien llame a la policía porque usted no apareció en toda la noche… Eso sí, ni se haga ilusiones. Que duerma en mi casa no le garantiza que se vaya a acostar conmigo.

-¿No me garantiza? -pregunté yo, cada vez menos seguro de todo.

Podría contarles que cuando llegamos a su casa le arranqué toda la ropa y le hice el amor violentamente, pero seguramente no me creerían. Supongo que me creerían mucho más si les digo que fue al revés. Da igual, porque yo soy un caballero y no les voy a decir de eso. Solo digamos que… estuvo bien.

Las siguientes semanas nos vimos más veces. A menudo el plan era el mismo. A veces me esperaba en sábado y entonces era imposible saber que iba a pasar. Podía acabar en una barbacoa rodeado de 40 motociclistas o en alguna playa. Tengo que decir que durante ese tiempo no me aburrí nada. Yo nunca le pregunte que hacía cuando no estaba conmigo y ella tampoco me preguntaba. Supongo que era obvio para los dos que manteníamos una relación (si es que se le podía llamar así) abierta. Aunque, probablemente su parte fuera más abierta que la mía.

Un día que saqué el tema me confesó que había dejado de ver a “más gente”.

-¿En serio? -dije francamente extrañado.

-Si -pareció ligeramente incómoda- Al parecer, tengo suficiente con usted. ¿Para qué complicar las cosas?

-Y entonces ¿por qué no nos vemos más? -pregunté yo.

-Bueno… no soy una mujer acostumbrada a que me acaparen. Supongo que he estado tratando de no meterme en una relación por mucho tiempo.

Creo que durante todo ese tiempo cada día que no la veía trataba de no pensar (pero pensaba) que cuando no estaba conmigo estaba por ahí en algún bar acostándose aleatoriamente con el que le diera la gana esa noche. Es curioso a veces ver la imagen que nos hacemos de la gente.  Frecuentemente malinterpretamos a las personas por no preguntar las cosas.

-Se está riendo – me dijo.

-Perdón.

-No, me gusta. Me da un poco de miedo, pero me gusta.

-No estás muy acostumbrada a abrirte a los hombres.

-Bueno, eso…

-Quería decir a sincerarte, boba -se rió. Me encantaba la forma en que se reía.

-No, supongo que no. No antes de usted.

-¿Es muy pronto para dejar un cepillo de dientes en tu casa, o que vos dejes uno en la mía?

-Mmm… espero que no esté pensando en presentarme a su mamá…

-No entrés en pánico todavía. Solo dije lo que dije. Además mi madre ni vive en este país

Creo que es difícil hacer que dos personas que no creen en las relaciones establezcan una, así que nos limitamos a ir viendo que pasaba. No sabíamos realmente lo que éramos. Cuando hablábamos el uno del otro lo hacíamos por nuestro nombre, porqué no estábamos seguros de que ninguno de los apelativos de “pareja” existentes nos sentara bien.

Admito que no tuve muchas esperanzas de que no me diera la patada en cuanto descubriera que estaba con alguien, pero la cosa es que seguimos adelante. Y cada vez me gustaba más.

Se llamaba Ainhara.

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15 pensamientos en “Se llamaba Ainhara

  1. Bueno que diremos por tus apelativos a “mujeres con tatuaje” y mujeres que se miran malas y al final terminan siendo todas melosa(a su modo) con vos, y no me sorprende recordando a un par de mujeres de botas altas con imagen de rockera, motociclera y un aspecto medio gotico, que claro un par de años despues la ves en la calle con su chiguin de la mano y con una camisita asi toda de madre fresa y su esposo….. Solo podemos concluir que al final, una mujer despues de vos cambian sus modelos estereotipados de gente con la que sale…. jajajajajajaj

  2. Yey! ya se puede juzgar como un relato dentro de una novela… me gustó mucho la narración y el hilo que dejaste seguir… muy buen relato. (esta vez sí voy a criticar las tildes, porque a veces no sabía si preguntaba o afirmaba :S) por otro lado, genial!!! También quiero leer la conclusión del relato. 😀

  3. Pingback: Día 11: Uno que me haya motivado a visitar algún lugar « La alkantarilla

  4. Leí tu post con la canción Abril de Contramarea de fondo, no sabes lo excelente que me sentí leyendo al Manu más de corazon abierto. La partis chuiguin!

    • ¿ “Nací solo para verte…
      Nací solo para verte llegar a mí.”?

      Voy a intentar hacerlo más a menudo (lo de abrir el corazón)… gracias Massiel. Por tus comentarios y por dejarme hoy mencionarte en esta cloaca…

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